El viaje a la reflexión

Estamos hartos de oír la frase; «Si llegan a decirte en diciembre de 2019 lo que iba a ser el 2020, no te lo crees». Efectivamente, no me lo hubiese creído, ni tampoco las consecuencias mentales de un año así. Mientras el mundo se sumergía en una pandemia mundial, las muertes aumentaban, la economía caía, la clase política se devaluaba, la agresividad aumentaba y el país entraba en una profunda depresión ermitaña. Juegos online, videotutoriales de entrenamientos, videollamadas, bricolaje, aplausos, policías de balcón y calles que emulaban películas de apocalipsis zombie, en eso se resumió la vida. Mientras unos tuvieron la mala suerte de padecer la dichosa enfermedad, otros sufrieron la llamada «crisis existencial», fue mi caso.

Mi empleo caía en una profunda crisis, jamás recordada en los entendidos del sector, ni en las peores crisis económicas del país, y eso me hizo pensar, me hizo reflexionar.
Noches mirando al techo y viendo pasar las horas. Confieso que varios días me amaneció, mientras le daba vueltas a la situación y mi cabeza echaba humo. El agobio y el estrés mental aumentaba, sin ningún motivo aparente, por suerte los míos estaban bien, pero yo no podía dejar de pensar en la necesidad de moverme, evolucionar, resurgir de todo esto, no esperar…
Ese es el error, esperar. Pasaban las horas, los días, las semanas, y lo que me rodeaba era positivo, no conocía nadie que hubiese sufrido de Covid-19 y eso era la mejor noticia, es más, tras sufrir un ERTE, fui de los que lo cobraba de forma religiosa (menos de los que debía, eso sí), pero hoy por hoy aún hay gente que ni lo ha cobrado desde marzo, en fin. Cada día que pasaba, más vueltas le daba, tenía que cambiar esta situación.  La saturación mental iba en aumento, el pensar en un futuro, económico, social, mental o familiar, no ayudaba. La situación global no confortaba, ni tranquilizaba. Mientras, la sociedad peleaba. Peleaba con empresas y administraciones públicas por sus ingresos económicos y las restricciones sociales no ayudaban. Aumentaba la crispación y el miedo de una sociedad herida y que comenzaba a tener los límites de irritabilidad a flor de piel. El mínimo percance, era motivo de espectáculo vecinal. Eso agravaba mi situación mental y mi necesidad de actuar en consecuencia. De cambiar. O te mueves o caducas, no hay que esperar.

Un día, en plena duda existencial, una amiga me habló del ikigai, y ahí encontré mi motivo de seguir, de cambiar, de crecer. Mi razón de «por lo que hemos venido a este mundo». Tras varios podcast, libros y vídeos, lo supe, quién bien me conoce sabe que conmigo es imposible que exista el silencio incómodo. No callo. Hablador eterno. Comunicador. Sí, a veces pesado, lo sé.

A eso he venido y eso voy a hacer, comunicar, es el motivo de este proyecto, comunicar y reflexionar.
Son muchas las personas que han pasado por ese estado mental en el que yo estuve, no os paréis, seguir, crecer, luchar, no esperéis. Si lo piensas, nunca será el momento. Si realmemte queréis algo, lucharlo e ir a por ello. Siempre hay tiempo de cambiar las cosas, de encontrar otra forma de crecer, social, economía o mentalmente. Solo tú eres el responsable de no superar los obstáculos que te pone la vida.
Hoy por hoy, vivimos en una situación constante de alarma, enfado, consternación, irritabilidad, pasotismo y miedo.
Depende de uno mismo, si algo no le gusta, cambiarlo. Seamos positivos. Focalizamos los momentos negativos para saturar y normalizar los positivos, cambiemos. Seamos felices en un mundo que se desmorona. Seamos positivos en un mundo que últimamente solo da malas noticias, seamos reflexivos.